Cápsulas de Boxeo Viernes, 20 marzo 2015

Aaron Pryor, enemigo mío: mi historia de odio y amor con el ‘Halcón de Cincinnati’

14 de noviembre de 1981, Cleveland, Ohio.

Son los albores del tiempo conocido como Reaganomics y las grandes ciudades del medio oeste norteamericano están en proceso de descomposición. Es la época del cierre de fábricas, el desempleo, y el auge del crack. Dos boxeadores salidos de las entrañas de Cincinnati y Detroit, dos centros urbanos muy golpeados por la crisis, buscan reconocimiento una tarde de sábado en un combate transmitido por televisión nacional.

Ambos invictos, son protagonistas de una pelea que muchos han olvidado, pero es para volver a ver una y mil veces. Una batalla sin cuartel de la que saldría vencedor Aaron Pryor, el hombre de Cincinnati. Ninguno de los dos finalmente podría huir de la desgracia cotidiana de sus respectivas ciudades natales: Dujuan Johnson, el de Detroit, sería asesinado tres años después por no pagar una deuda de 200 dólares de una transacción de drogas y Pryor perdería todo lo ganado en el ring en manos de la adicción a la cocaína.

En noviembre de 1981 yo no había visto todavía a Aaron Pryor en acción. En las profundidades del hemisferio sur era muy poco lo que podíamos obtener en materia de videos y transmisiones de boxeo (Todavía no existía “El Rincón del Box” en el Perú). Afortunadamente, cada fin de mes llegaba la revista The Ring en Español, y en sus páginas describían a Pryor como un peligroso y poco ortodoxo fajador que desataba una avalancha de golpes desde ángulos insospechados, estilo con el cual siempre doblegaba a sus rivales. También se especulaba con sus posibles enfrentamientos con Roberto Durán, Sugar Ray Leonard y Thomas Hearns (a quien Aaron ya había vencido como amateur), así que mi precoz vocación por el boxeo me dijo que era alguien a quien tenía que ver.

Mi deseo de ver al hombre que llamaban “El Halcón” se hizo realidad en julio de 1982, cuando cayó en mis manos una cinta de Betamax que trajo a solicitud mía un familiar de Estados Unidos. Y lo que vi en los primeros treinta segundos me dejó perplejo.

Aaron Pryor realizaba la quinta defensa de su cinturón welter junior versión AMB en su natal Cincinnati frente a un desconocido japonés de nombre Akio Kameda y era tal cual lo habían pintado las crónicas que había leído sobre él.

Al sonar la campana, sale como un animal que ha estado en largo cautiverio. Y es que más que noquearlo, Pryor parecía dispuesto a comerse al japonés en base a un ataque que consistía en desatar un remolino de golpes sin reparar en cuidados defensivos. Kameda huye como un venado asustado de su predador de turno, y casi por instinto suelta combinaciones pedaleando hacia atrás. No se han cumplido todavía treinta segundos de combate y su destino parece sellado. Entonces sucede lo impensable: en un descuido del feroz ataque de Pryor, el japonés acierta en las combinaciones al mentón de su verdugo y lo derrumba.

Pero el juez Magaña no puede contarle: y es que el ‘Halcón’ no ha permanecido ni medio segundo en la lona. Lo que ha sucedido en realidad es que con el mismo impulso de la caída se ha dado un volantín de espaldas, se ha parado y para el momento en que el referi lo alcanza, ya le está pegando de nuevo al japonés, quien parece profundamente arrepentido de lo que acaba de hacer.

Kameda finalmente aguantó hasta el sexto round, cuando después de caer dos veces, Magaña se apiadó de él y detuvo la carnicería. Entonces vino el primer episodio de mi encono juvenil hacia Aaron Pryor: Alexis Argüello, el ‘Flaco Explosivo’ de Nicaragua, otro de los posibles rivales del campeón welter junior, estaba en primera fila, invitado por la cadena NBC para comentar el combate. Junto a Roberto Durán, Alexis era mi boxeador preferido de la época. Campeón mundial en tres categorías, había capturado mi imaginación desde la tarde en que bajo una lluvia torrencial y la mirada hostil de 20 mil hinchas en San Juan le quitó el título liviano junior al local Alfredo ‘El Salsero’ Escalera. Esbelto y de brazos largos, dentro del ring tenía la paciencia y la sangre fría de un picador montado en su caballo. Fuera de él, era un caballero, compasivo con sus víctimas y siempre con la palabra apropiada.

Durante la entrevista post pelea, Pryor divisó a Argüello y lo desafió en vivo:

–Esto es nada comparado con lo que le haré a Argüello, se va a arrepentir de pelear conmigo– dijo, mostrando su dentadura desigual.

Luego apuntó directamente a mi ídolo con uno de sus guantes y le gritó:

– ¡Tú, Argüello, te quiero a ti, te voy a destruir!

Inmediatamente, Alexis apareció en pantalla y lo tomó de ambos guantes:

– Aaron, eres un gran campeón y será un honor compartir el ring contigo. Que Dios te bendiga.

Pryor cambió el rictus salvaje por la expresión de un niño al que le habían llamado la atención y solo atinó a sonreír y responder:

–Gracias… gracias, Alexis… que Dios te bendiga también.

En ese momento, mi idolatría por Alexis se convirtió en devoción. Y me suscribí al deseo ferviente de que pusiera las cosas en su lugar noqueando a ese pretencioso y malcriado a quien ya había empezado a odiar y que se llamaba Aaron Pryor.

 

12 de noviembre de 1982, Miami, Florida.

Mi padre me dejó quedarme despierto hasta tarde para ver a Alexis Argüello frente a Aaron Pryor. Creo que esa noche decidí que el boxeo era el deporte más maravilloso del mundo. El fútbol tenía drama, pasión, folklore y me poseía hasta convertirme en un perfecto tarado durante 90 minutos, pero esos catorce rounds del Orange Bowl en Miami me convencieron que en el encuentro de dos individuos que se juegan la vida misma sobre un cuadrilátero estaba la quintaesencia del deporte.

Revista The Ring, Noviembre 1982

Revista The Ring, Noviembre 1982

Pryor demostró esa noche que era más que un fajador que salía a cazar a sus rivales, boxeando inteligentemente cuando Alexis lo bombardeaba pacientemente desde la distancia y la ventaja que le daban su mayor altura y alcance. El nicaragüense mantuvo hasta el final la calma y la determinación de un general de campo que se adapta a todas las contingencias de una batalla sangrienta, y por un momento en el round 12, pareció que iba a ser capaz de concretar mi sueño de dejar inconsciente a Pryor.

Por muchos años esa imagen estuvo en la promoción del ‘Rincón del Box’: la derecha explosiva de Alexis acertando en plena cara del campeón del mundo, todo sus largos 63 kilos comprometidos en el golpe. Cualquier otra noche, cualquier otro rival, se hubiera desarmado con ese obús. Pero Pryor, más que como animal, había llegado a Miami esa noche como un fenómeno de la naturaleza.

En el decimocuarto y penúltimo round mi peor pesadilla se hizo realidad. Lo único que previene la caída de Alexis son las cuerdas y Pryor desata una artillería de 14 golpes sin recibir respuesta. Mi ídolo está noqueado de pie cuando el réferi sudafricano Stanley Christodoulou se interpone entre los dos y decreta la victoria por nocaut técnico del estadounidense. Nunca antes una pelea de boxeo me había encogido tanto el corazón. Y nunca antes había odiado tanto a un boxeador como a Aaron Pryor.

 

Canastota, Nueva York, 10 de junio del 2006

Todos los años en el mes de junio los personajes más celebrados en la historia del puglismo se reúnen en un pequeño pueblo del estado de Nueva York de menos de 5 mil habitantes. Ahí, en Canastota, está ubicado el Salón Internacional de la Fama del Boxeo y durante un fin de semana se realizan ceremonias en honor a los peleadores que se convierten en sus miembros. Pero el momento más esperado para los que hacen el peregrinaje hasta el lugar ocurre el sábado, cuando todos los asistentes se reúnen para una noche de camaradería en Graziano’s , el único bar del pueblo y el cual es regentado por el ex campeón mundial Carmen Basilio.

En el 2006 yo estaba en Graziano’s acompañado del periodista cubanoEnrique Encinosa y el historiador de boxeo y maestro Hank Kaplan, quien había sido homenajeado ese fin de semana. En la barra estaban Sugar Ray Leonard, Roberto Durán y Pernell Whittaker rodeados de una veintena de admiradores. Cerca nuestro, Bob Foster hablaba con Joe Frazier y más alláGeorge Chuvalo sonreía y abrazaba a Leon SpinksAngelo Dundeecompartía una mesa con Bert Sugar. Livingstone Bramble y Marlon Starling recordaban a Donald Curry en una conversación que pude espiar tratando de no inmiscuirme. Al voltear sobre mi izquierda, veía las caras del‘Púas’ Olivares, la ‘Chiquita’ González y Wilfredo Gómez. Sobre mi derecha aparecían Pinklon Thomas, Micky Ward y Erik Morales. Era como si me hubiera muerto y hubiera despertado en el paraíso.

En medio de este éxtasis, mi amigo Enrique se me acerca y me susurra:

–¿Increíble este bar, no?… eso sí, es el peor lugar para buscarle bronca a alguien.

También estaban Pryor y Argüello. 24 años habían pasado de la noche aciaga del Orange Bowl. Mi admiración por el nicaragüense se mantenía intacta, pero entre la cantidad de gente que lo rodeaba apenas pude estrecharle la mano y decirle: “Gracias, campeón”.

ARGÜELLO Y PRYOR. CANASTOTA, 2006

ARGÜELLO Y PRYOR. CANASTOTA, 2006

Durante ese largo tiempo, también me había reconciliado con Pryor. A través de horas analizando su carrera espectacular y la versatilidad que mostraba como boxeador en los videos de sus peleas, llegué a comprender que una de las cosas más maravillosas del boxeo es que la rivalidad y el encono, a diferencia del primitivo fútbol, muchas veces se disipan con los años.

Todo el dolor que había causado Pryor pulverizando a mi ídolo esa noche del Orange Bowl era cosa del pasado y, animado por los cocteles que había tomado, me acerqué a Aaron, quien tenía a su alrededor mucha menos gente que Alexis. No dejaba de ser irónico que aunque él hubiera resultado ser el vencedor en el ring, el nicaragüense fuese el más solicitado.

En la conversación de cinco minutos hablamos de algunas de sus peleas y de porqué nunca llegó a enfrentarse a Durán o Leonard. Algunos fanáticos ingleses, macerados por el whisky, pedían tomarse fotos con él, así que me armé de valor y le dije señalando a Argüello, al otro lado del bar:

–“Aaron, te admiro y te quiero ahora, pero debes saber que durante mucho tiempo te odié por lo que le hiciste a ese hombre”.

El Halcón de Cincinnati sonrió y me respondió:

–“Alex? He my boy, and my friend!”

Entonces, él también señaló a mi ídolo de niñez como esa tarde en que lo había desafiado en Cincinatti y le gritó: “¡Alex!”.

Alexis nos miró, y acto seguido, los tres levantamos nuestros vasos. Y brindamos por el noble boxeo, el deporte más maravilloso del mundo.

 

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